5 motivos por los cuales los libros vivos antiguos son una buena herramienta.

Quiero hablarles de los libros que no deberían faltar en nuestra biblioteca hogareña, o que si vemos en una librería de usados no podemos dejar pasar la oportunidad para comprarlos, también se consiguen en Mercado Libre y son joyas que ni imaginábamos servirían para nuestra educación clásica.

Muchas familias se deshacen de estas joyas pensando que ya son libros obsoletos. Desde Mare Verum los reivindicamos y en este post te contamos por qué son tan valiosos y se han convertido en piezas importantes de nuestra propuesta pedagógica.

Elegimos los libros clásicos, que en Argentina son numerosos y muy buenos, por varios motivos, aquí te dejamos cinco de ellos:

  1. El lenguaje: Los libros antiguos como novelas juveniles clásicas, enciclopedias, manuales escolares, antologías o libros de lectura, en general, contienen un amplio, variado y excelente vocabulario además de una perfecta gramática, lo que produce en nuestros niños un aprendizaje por asimilación de estilos narrativos ricos y valiosos. Repletos de descripciones y variados recursos literarios de gran calidad.
Azabache- Título original: Black Beauty- Anna Sewell.

2. Contienen enseñanzas moralmente valiosas: Los clásicos de la literatura infantil y juvenil resisten el paso del tiempo y son fuente de aprendizaje en amplios y variados temas así como en aspectos morales e instructivos.

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La Isla Misteriosa – Julio Verne.

3. Los temas abarcan las diversas materias: Las novelas clásicas contienen temas de las diferentes materias o aspectos de la vida de las personas y así ayudan a los niños y jóvenes a vestir la historia, el aprendizaje se vuelve significativo porque no son datos aislados sino que se presentan en contextos de aventuras. Temas de materias como ciencias, historia, literatura, arte, geografía etc, aparecen envueltos en tramas narrativas atrapantes. Son excelentes disparadores para el aprendizaje. 

Algunos títulos de la maravillosa colección Robin Hood

4. Las ilustraciones: Los libros escolares antiguos, así como las enciclopedias, en general, contienen no solo un amplio y variado temario de cultura general y conocimiento del medio social y natural, sino que además se encuentran ilustraciones maravillosas, de una gran belleza. Las ilustraciones muchas veces nos sorprenden en cuanto a la profundidad y a la vez simpleza conceptual.

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Enciclopedia El tesoro de la Juventud.
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Título: Zoología- Autor: J. A. Dos Santos Lara.

5. Son realistas: Los libros antiguos, tanto escolares como los de literatura clásica, contienen lecciones que ya no se encuentran en los libros modernos. Aprendizajes que se creen obsoletos o que se ha decidido menospreciar.  Son libros realistas, concretos, de conceptos simples pero profundos. Mantienen un orden secuencial de ideas. Son fáciles de comprender aunque contengan temas complejos.

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El viento en los sauces – Kenneth Grahame

Algunas consideraciones y consejos: 

  • Los libros de literatura es mejor que se consigan en las versiones originales o si son adaptaciones, asegurarse de que sean buenas.
  • Si se consigue una edición moderna de un libro clásico, tener cuidado de que no esté modificado. Hay que fijarse que sea la versión original reeditada y no una adaptación.
  • Siempre es mejor conseguir una edición antigua.
  • Los libros de lecturas antiguos son Tesoros encontrados de gran valor para nuestra escuela hogareña.

Galería de imágenes de libros de lecturas escolares:

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Papá Noel según Chesterton.

Ruego se me tenga como exceptuado ante la convicción dominante de nuestros contemporáneos de que el paso de los años termina con nuestra creencia en Papá Noel.

A mí me ha ocurrido exactamente lo contrario de lo que aparentemente le ocurre a la mayoría de mis amigos. En lugar de ir palideciendo su imagen hasta prácticamente desaparecer, Papá Noel no ha ido sino creciendo más y más en mi existencia al punto de prácticamente ocuparla por entero.

Y ocurrió del siguiente modo. Siendo chico me encontré con un fenómeno que requería explicación; colgué una media vacía de la punta de mi cama que a la mañana siguiente apareció convertida en una media con un regalo adentro. Yo no había hecho nada para producir las cosas que estaban dentro. No había trabajado por esas cosas, ni las había hecho ni ayudado a fabricarlas. Ni siquiera había sido bueno—lejos de eso. Y la explicación suministrada era que un cierto ser que la gente daba en llamar Papá Noel se hallaba dispuesto benevolentemente respecto de mi persona. Desde luego, la mayoría de la gente que habla de estas cosas suelen verse atacadas de un cierto estado de confusión mental a raíz del cual se les da por atribuir enorme importancia al nombre de esta entidad. Lo llamamos Papá Noel porque todo el mundo lo llamaba Papá Noel; pero el caso es que el mero nombre de una divinidad no pasa de ser una etiqueta. Su nombre verdadero bien podría haber sido Williams. Podría haber sido el Arcángel Uriel. Lo que nosotros creíamos era que un cierto agente de notable benevolencia había querido darnos esos juguetes a cambio de nada. Y, como digo, lo sigo creyendo.

Sólo he ampliado la idea. Por entonces sólo me maravillaba pensando quién pudo haber sido el que había puesto los juguetes en la media; ahora me pregunto quien puso la media al lado de la cama, la cama en el cuarto, el cuarto en la casa, la casa en este planeta y el planeta en el vacío. Hubo un tiempo en el que me conformaba con agradecerle a Papá Noel por un par de muñecos y algunos petardos, pero ahora le doy gracias por las estrellas y los rostros en la calle y el vino y el grandioso mar. Hubo un tiempo en que encontraba delicioso y maravilloso encontrarme con un juguete tan grande que apenas si entraba a la media por la mitad. Ahora cada mañana estoy encantado y admirado de encontrarme ante un regalo tan grande que ni dos medias alcanzan para contenerlo—y luego, pasa que deja buena parte afuera: se trata del inmenso y absurdo regalo de mi propia persona, sobre cuyos orígenes no tengo sugerencia para formular a no ser la de que Papá Noel me lo regaló en un arranque de una muy peculiar y absolutamente fantástica benevolencia.

Tomado de un artículo intitulado “My Experiences with Santa Claus” publicado originalmente en el diario Black and White y reimpreso en The London Tablet en 1974.
Tradujo J. Tollers.